Mini historias sacadas del cuaderno de notas

El viaje esta plagado de historias. He aquí algunas que habitaban en la libreta

 

El llanto liberador y el regalo del adiós

 

Eva Serment es una de las personas más importantes en mi vida. Su carácter recio y su visión de alegría ante la vida, marcaron mi infancia y parte de la adolescencia.

Mi abuela nos dejo justo a 3 meses de iniciar mi viaje. Un dolor tan fuerte que solo fue mitigado con la alegría de haberme dado su bendición antes de que sus pulmones fallarán.

En una carretera del sureste mexicano, que no recuerdo cual. Una emoción de alegría y nostalgia invadieron mi andar y a mi bicicleta, sin siquiera darnos cuenta. Yo y Arobed (mi bici), entramos en un llanto incontrolable por un par de kilómetros. Las personas que viajaban en sus automóviles, en el sentido opuesto, miraban desconcertadas aquel derroche de emoción, y más de uno estuvo tentado a frenar su paso y descubrir que le pasaba a aquel ciclista.

Después de algunos kilómetros de dejar libremente que la emoción brotara y de calmar a mi bicicleta, que también estaba emocionalmente afectada, llego la paz. Aquella mezcla de emociones fue disipándose para finalmente solo quedar la alegría.

Las teorías religiosas siempre me han confundido, eso del cielo y demás cosas, son muy complicadas. Yo solo quiero pensar que esa fue la despedida que la abuela me regalo en medio de aquella carretera desolada del sureste mexicano.

 

El día que dio su bendición y buenos deseos para el viaje.

La pizza de la alegría

 

Eran como las tres de la tarde cuando llegamos a San Salvador. Hacia calor, nuestras ánforas de agua estaban calientes y lo más importante, teníamos un hambre colectiva que apretaba.

Al entrar a la ciudad, nos percatamos que estábamos en una zona “cara“, de esas donde NO se encuentran puestos de comida en la calle o fonditas de comida casera. En vez de eso, encontramos restaurantes Italianos, Japonés, comida Internacional, cadenas gringas de comida no tan rápida, en fin. Nuestra hambre apretaba más y las cartas tenían muchos ceros en sus precios.

Avanzamos más calles y por fin nos decidimos en un restaurante de comida china que no estaba “tan“ caro. El hambre lo justificaba. Cuando estábamos apunto de ingresar y dejar nuestras bicicletas en la calle, una hermosa camioneta gris, con una hermosa familia, bajaron su hermosa ventana, para ofrecernos una hermosa caja, diciendo con una hermosa sonrisa: “Les hemos visto pasar y les compramos una pizza“

Alegría, Risas, camaradería, más risa, sorpresa, gratitud, placer y un estomago lleno, generaron una nube de satisfacción aquel día, en aquellos cicloturistas, viajeros buscadores… que cambiaron todo el estado físico, mental y emocional por una caja, una pizza.

 

Ser mexicano en el Salvador

 

Estábamos acampando en un terreno frente a bares y cafés de la costa Salvadoreña. Un espacio abandonado, usado como taller, que era rentado por un hombre olvidadizo o muy listo. Se le olvidaba cuando le pagabas, y les cobraba a otros por ti, después de que ya estaba pagado. Un tipo muy interesante.

Por la noche estábamos James y otro cicloturista frente a nuestra casa improvisada, cuando un grupo de Salvadoreños deportados de LA, se pusieron muy amablemente a charlar con nosotros… ya saben, las preguntas obligadas: ¿ Cómo se llaman? ¿Quieren una cerveza? ¿De donde vienen? ¿Pero de qué país?, cosas así. Soy Mexicano respondí. Su cara cambio, miradas entre ellos se hicieron presentes, y después de unos segundos, empezaron a contarme historias de cómo los mexicanos tratan a los centroamericanos en EUA y lo amable que podemos llegar a ser. Esto ultimo fue un sarcasmo.

El esfuerzo para cambiar de tema, dispersar la atención hacia el ingles (James), hablar sobre comida y aceptar que los mexicanos que están en EUA son… digamos no tan buenos. No basto para cambiar el tema. La verdad es que cuando existen temas de razas o nacionalidades y alcohol de por medio, la mejor estrategia es hacer uso de todas las excusas que tengas, pero es prioritario alejarte.

Recuerden: El nacionalismo tiene sus cosas buenas y las muy malas. Pero definitivamente hacer uso de él, cuando estas en un país ajeno, con un grupo de personas con malas experiencias con tu gente y alcohol en el sistema, definitivamente no es recomendable.

Cena de 5 estrellas y un cielo de un millón de ellas

 

El Roble es una ciudad pequeña en Costarica donde según nuestro plan y mapa podíamos solicitar hospedaje en la Cruz Roja local , a nuestro paso por la costa.

Antes de llegar al domicilio, que marcaba nuestro mapa, una camioneta roja se coloco justo al costado de nosotros y preguntó un hombre corpulento y de tes blanca , casi saliendo de la ventana, cuales eran nuestros nombres y nuestros países de procedencia, mientras detenía el trafico en una de las calles principales.

Honestamente no le dimos importancia, parecía mera curiosidad y seguimos nuestro camino. Más adelante estaciono su camioneta y nos detuvimos ante su insistencia.

Tanto Bomberos como Curz Roja siempre ayudan a los cicloturistas, ofreciendo un techo donde acampar con seguridad y un baño con ducha incluida. El hombre de la camioneta Roja, tenia una propuesta distinta diciendo: “Quédense en mi local, les envito una cena. Créanme es más confortable que Cruz Roja“. 

Esa noche descubrimos que Carlos era dueño del restaurante más exclusivo de la comunidad, con una vista envidiable, a la orilla de una cadena montañosa.

Esa noche cenamos como nunca lo habíamos hecho durante nuestros viajes. Platillos preparados por él mismo, salían una y otra vez de la cocina. James, Keith y yo, no dábamos crédito. El “Wow“ fue la expresión más repetida durante esa noche.

Nuestros dormitorios incluían dos habitaciones con aire acondicionado y todos los servicios de modernidad.

 Comida

Mexicano secuestrado en uno de los países más seguros de Centroamérica.

 

 Las llantas Schwalbee son las más usadas para cicloturismo. Al menos eso dicen todos. Tecnología Alemana, protección antiponchaduras, bla, bla, bla… Las mías salieron con defecto, se me han ponchado más veces que cicloturistas que llevan 10 veces más kilómetros que yo.

En Costa Rica mis llantas seguían con defecto y en un tramo de 50 km y después de haber parchado 4 veces mi llanta, decidí que era suficiente y levante mi dedo en posición de aventón. Una camioneta tipo combi llego a mi auxilio.

 Yo fui claro y conciso, “¿Me podrían dejar en la antigua entrada a Monteverde?“. Eran solo 30 kilómetros. Lo dije con tanta seguridad porque según yo, esas eran las indicaciones que habíamos dicho justo cuando estábamos planeando la ruta días antes.

Al llegar, baje de la camioneta, me dirigí a una ferretería, compre parches, parche mi llanta, (otra vez), y espere pacientemente a que mis compañeros llegarán. No se cuanto espere, pero cuando empezó a obscurecer sospeche que ellos no llegarían. “Seguro me equivoque de camino“ me dije. Así fue, era un camino distinto a 15 km el uno del otro.

Ese día dormí a un costado de una estación de policía, comí arroz con frijoles que me ofrecieron los vigilantes, tuve ducha y baño justo frente a mi campamento, y hasta café y despensa fueron parte de la despedida. Excelentes personas

Al día siguiente me enfrente a la más difícil inclinación que he hecho hasta ahora y una carretera en tan malas condiciones que impidió mi caminar. Claro no sin antes leer en el Facebook de James, un comunicado que decía:

“Someone has kidnapped Enrique, the token Mexican in the most tranquilo country. Nice irony. Come back some we can reminisce about Mexican food (molotes) and use Mexican slang all day long“

 Monteverde

La súper fuerza del ingles

 

Eran las 9 de la noche cuando llegamos al Aeropuerto. Nuestro vuelo partía al día siguiente rumbo a Colombia, pero no queríamos contratiempos. En la pagina de la aerolínea estaba claro: tanto de alto, tanto de ancho, tanto de largo y claro, el peso. El ingles y yo hicimos hasta lo imposible para adecuarnos. Tiramos cosas, pasamos una y otra vez a la bascula, cortamos y pegamos con cinta… en fin, al final estábamos dentro de lo “permitido“… bueno un par de kilos arriba, pero no era mucho.

“Esas cajas superan las medidas permitidas joven“ dice la persona que nos atendía, con voz fuerte y al parecer con disfrute. !“Claro que no“¡, le conteste. Estuvimos las ultimas tres horas adecuándonos a las medidas. Revise una vez más por favor.

Sin exagerar estuvimos como 2 horas tratando de hacerle entender a la encargada, que unas medidas eran las que indicaba su pagina web y otra, las que ella estaba aplicando. El costo valía la discusión, créanme.

 Después de mucho rato y mucha saliva, nos dieron el pase de abordar, sin costo adicional. Corrimos hacia la sala pasando por dos filtros de seguridad. Yo solo deseaba que mi nacionalidad no generará mayor revisión. “Juro que no traigo droga“, bromee con un oficial al preguntarme sobre mi nacionalidad.

Empezamos a seguir a los que estaban en la fila con nosotros, asumiendo que teníamos el mismo destino. Nos formamos, respiramos y nos relajamos. Al llegar al final de la fila, una mujer nos pide el pase de abordar y nos dice: “Este no va para Colombia, están en otra puerta“

Correr con dos pantalones puestos y dos chamarras no fue fácil, pero corrimos como nunca… no sé en que momento sonó la alarma, pero sin darme cuenta, ya estábamos rodeados de personal de la aerolínea, diciendo en voz alta: ¡“Por qué abrieron la puerta, esto es una falta grabe, llamen a seguridad“¡

Lo que había pasado era que con la prisa de no perder el vuelo, el ingles al llegar a la puerta de abordar (que estaba cerrada) abrió con tanta fuerza que ni el supo explicar después como lo hizo, pero desprendió todos los sistemas de seguridad y candados.

Alarmas, falta grabe, multas, cárcel, castigo… fueron las palabras que sonaron una y otra vez en el discurso de la oficialía mayor del aeropuerto.

La mejor frase que escuchamos ese día fue: “Quizá para la otra no tengan tanta suerte, se pueden ir“

 James caja

Cada una de estas historias fueron desempolvadas de la libreta de notas que siempre viaja en la maleta delantera de Arobed.

 

edubicla

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